Regreso al comienzo

Miércoles, 7 de enero de 1998


LA CORRUPCION: UN MAL DE MUCHOS,
CONSUELO DE POCOS


Por Hernán Maldonado
Especial para la Agencia de Noticias Fides


Arte de La Razón de La Paz, que publicó el artículo el 8 de enero.
Miami, enero - Bolivia es el segundo país más corrupto del mundo, según Transparencia Internacional. Ahora las malas lenguas dicen que lo es, porque pagó para no ser el primero…

Al margen de la hilaridad que esto pueda producir y de la seriedad que merezca el estudio que llevó a Transparencia a llegar a esa conclusión, hay que convenir que la situación es grave como para que el hecho se quede como mera anécdota o un chiste.

Hace ya más de un cuarto de siglo, como jefe de redacción del informativo nocturno de Radio Fides, conocí a un ciudadano español -cuyo nombre ni me acuerdo- que un día apareció en la oficina y me entregó un sobre con billetes de 100 pesos, que a simple vista parecía ser mi sueldo de un año en la emisora.

"Mira Maldonado', explicó. "Hace tres meses que el gobierno debía aprobar la licitación para la instalación de la televisión en Bolivia y nada de nada. Me gustaría que de cuando en cuando en el informativo nocturno se tocara este tema; no como queja de nadie, sino como que Bolivia no debía perder más tiempo en la instalación de su televisión", dijo.

Le respondí que la emisora, ya entonces con una enorme audiencia nacional, en varios informativos había tocado el tema y le dejé ver claramente que no aceptaría el sobre. El hombre pareció sorprenderse y dijo: "No lo puedo creer, pero lo entiendo", y se retiró.

Subí a las oficinas del director, el padre José Gramunt de Moragas y le conté el hecho. Su lacónico comentario fue: "Hiciste bien".

Para la instalación de la televisión en Bolivia pugnaban entonces tres compañías, una de ellas era la española, cuyo representante había llegado a Bolivia para quedarse cuando más por cuatro semanas y ya llevaba tres meses sin que el gobierno se decidiera por la adjudicación.

La culpa de la demora la tenían las propias compañías licitantes que engrasaban a manos llenas a los que debían tomar la decisión. Y estos, ni cortos ni perezosos, esperaban siempre mas y más.

Cuando finalmente salió la luz verde, el representante español acudió otra vez a la radio y me dijo. "No he querido irme sin antes estrechar su mano".

Le pregunté cuánto había gastado en "relaciones públicas". No me contestó. Su único comentario fue: "Nunca me olvidaré del secretario de la presidencia (El general René Barrientos estaba de presidente). Un barril sin fondo y todo para nada, porque ni siquiera tuvo que ver con la decisión".

Al poco tiempo egresé de la Facultad de Derecho y empecé a trabajar como auxiliar de la Sala Penal de la Corte Superior del Distrito, cuando actuaba de secretario mi amigo Félix Rada. Lo primero que observé, sin atreverme a comentar, fue que el diligenciero recibía dinero abiertamente de abogados y litigantes, por cosas tan elementales como poner un expediente encima de otro o de añadir simplemente páginas para que decrete el vocal correspondiente.

Al comenzar mi segunda semana, una señora me pidió su expediente, lo leyó sobre el mostrador y enseguida se apresuro a devolvérmelo, cuidando de que observara que tras la carátula había colocado un billete de 10 pesos. "Ya está listo para vista fiscal, pásemelo lo más pronto que pueda", dijo. Era obvio que así tenía que procederse, por lo que yo no veía ninguna gracia a su entusiasmo por retribuirme.

-Señora, puede guardarse ese dinero, le dije. La tal señora, en lugar de abochornarse o pedir disculpas, lo que hizo fue enfurecerse. "Así siempre son estos primerizos. Al comienzo rechazan, después reciben y finalmente exigen", gritó. De pronto el abochornado fui yo. Tanto que decidí dejar el puesto.

La corrupción, no es nueva, propia ni exclusiva de Bolivia. Para eliminarla no hacen falta leyes ni cárceles. Es una cuestión de ética, de cada cual, de esa formación que otrora recibíamos en escuelas, en colegios, en el hogar, porque ese flagelo no sólo está en el que ofrece dinero o en el que lo recibe.

La corrupción está en el compadreo (el malentendido hoy por ti, mañana por mí) en las promesas falsas de los políticos, en las ausencias injustificadas al trabajo, gracias al popular San Lunes y al San Jueves (de la nueva tecnocracia); en las enfermedades supuestas, en la asistencia a sepelios de parientes que ni siquiera conocimos, en las llegadas tardías a los trabajos, en no cumplir con los horarios de trabajo, en la desaparición sistemática del poco material que hay en oficinas estatales, en el maltrato, mal uso y/o abuso de equipo o documentación a nuestro cuidado, en la evasión impositiva, el escandaloso contrabando, en las huelgas sin ton ni son, en las anárquicas marchas callejeras con y sin motivo, en la poca seriedad de las declaraciones oficiales, en los decálogos que no funcionan, en las afrentas a la moral que parten desde los mismos encargados de elaborar las leyes y la oprobiosa lenidad de los jueces y fiscales para aplicarlas y hacerlas cumplir, en los campesinos que erradican una hectárea de coca, reciben su dinero, y siembran dos. Y pare de contar.

Y la corrupción no acabará con el Defensor del Pueblo, la Ley de la Judicatura, ni 100 leyes más. Es un problema de conciencia, de moral, de ética y de cumplir, simplemente, las leyes que ya están vigentes. Es más, la corrupción acabará con el cumplimiento de esas sabias normas de nuestros antepasados Ama Sua, Ama Llulla, Ama Khella. (No seas ladrón, no seas mentiroso, no seas flojo).